Un cuadrado, escasos siete metros. Tres sillones de cuero. Rostros que trasnochan juntos.Seis narices hinchadas en torno a una séptima afilada. Doce brazos cruzados frente a dos fláccidos y estirados. Sesenta dedos escondidos, cientos de palabras escupidas que rebotan en un sólo cristal detrás del que han escondido un cuerpo, el suyo.Arezbra, la rubia de pelos de rata, el bueno, el feo, el gordo y el ladrón.
Abigarrada y extraña compaña la que va a velar al difunto que, prudente y sumiso, no se queja.
Arezbra trata de no sentirse especial. Además, ha decidido que esta noche no será un plañidero de la muerte. Prefiere esperar hasta mañana, a estar solo y tras sus gafas negras. De todos modos, le parece no haber terminado de enterarse de por qué está allí. Si realmente porque quiere o porque hay que “vigiliar”. Rara esta contemplación, la del último culto que se le da al cuerpo. El culto del adiós definitivo. Intenta conciliar el insomnio.
En esta noche de viento, sólo dormirán los camellos de conciencias enganchadas a la mentira. El resto no podrá cerrar los ojos hasta que no se cierre la puerta de la capilla y será para apretar los párpados, para exprimirlos hasta lagrimear.
La rubia con pelos de rata calla preparando su discurso. Una vez que hable, será para no dejar de hacerlo. Tiene tanto que contar. Hace tanto que espera este momento. Ninguna lo quería más que ella. A nadie le importaba más y arriba estaba Dios para ver cómo sufría su pérdida. Bueno, a decir verdad, arriba juzgaba Dios pero aquí, en la Tierra, ella tenía la misión de dar testimonio de cuanto el Creador le encomendaba.Todos estábamos hechos a su imagen y semejanza, pero en todas las familias, siempre había un hermano que se parecía más a su padre.
El bueno está muy ocupado. No para de atender el teléfono. Casi ni se puede hablar con él y mucho menos, proponerle tomar un café. Como apoderado, ha agilizado los trámites sin necesidad de mi autorización. Fue el primero en enterarse y el que nos ha llamado a todos los que lo merecíamos. Dignos de saber que se ha ido para siempre quien, sin estar, tiene que ser velado para el descanso eterno de su ánima cándida.
Me ha dedicado un par de miradas culpables, no soporta que lo mire cuando lo hace. Sabe todo cuanto le ha mentido sobre mí a los demás y siente que no hayan parado de ignorarme desde que he llegado.
Por otra parte, tiene muy claro que yo no podía faltar. Quién sabe…a lo mejor tiene miedo de que el remordimiento se acueste con su mujer esta noche, ahora que él no puede ver qué está haciendo. Debe de ser correcto o la culpa podría contarnos todo lo que escondieron y no enterraron.
El feo no puede pasar una sola noche sin tener algo entre las manos para leer. Es todo un erudito, un ilustrado. Tiene respuestas para todos e interrogaciones recurrentes que amenizan la espera de un día a estrenar sin el difunto. Toda una ameba del saber.Se acuerda de los nombres de los que faltan aunque, por supuesto, los disculpe por su ausencia. Sin excepción, nombra a cada uno de ellos en voz alta, como si pasara lista. La verdad es que reparé en la ausencia de éstos gracias al feo. Es algo de lo que no hubiera sido capaz sin su inestimable ayuda.
El gordo ha venido para un rato pero intuye que no va a poder ser. Curioso dilema el suyo. Está hambriento y muerto de sueño. Anoche tuvo guardia en el hospital y le han avisado dos horas después de que fabricara una noche en su habitación y se echara a dormir.Si se va, va a quedar muy mal. Pero bueno, y qué. Lleva tiempo sin verlos. Nadie lo echará de menos. Por qué tendría que importarle. Después de todo, llevaba años sin ver al difunto y si ha venido es porque es demasiado cobarde como para afrontar que está solo y que ha dejado de formar parte del único grupo de personas que le ha dado identidad.Muy pequeño para tanto cuerpo. Muy poca cosa…Ni siquiera se despedirá. Se va a marchar ahora…o no. ¿Sería descortés si se fuera aunque nadie le esperase en casa?
El ladrón es el más chistoso. Con sus pizpiretas y chascarrillos hace más grata nuestra estancia.También es el más convencional y puede que hasta el más inteligente. Actúa de moderador en el debate que él mismo ha creado sobre la existencia de otra vida – como si no hubiese bastante con una - .
La rubia con pelos de rata se ha levantado, mientras el gordo, creyendo que iba a la puerta, se disponía a acompañarla. El ladrón enseña su reloj cada vez que habla, con espasmos demasiado exagerados como para ser naturales, mientras el bueno mira a Arezbra condenándolo y buscando un cómplice que dicte sentencia por él. El feo está demasiado ocupado durmiendo como para darse cuenta de nada y entretanto, seguro que el muerto se ríe del circo improvisado que hemos montado para él. Disfruta amigo de tu última función.
El último pase de aquéllos que quisimos ser actores y cantantes en teatros para acabar siendo payasos de cementerio.
"Requiem in pacem", Joaquín

