miércoles 29 de junio de 2011

¿Documental o ficción?




Todo artista es creador y comunicador. Además, debe de diseñar un plan para ocuparse del modo en el que compone su obra y consiga transmitir lo que desea. El cine es el modelo de producción audiovisual más completo por dos razones: su riqueza de recursos formales y narrativos y la forma en la que se disponen intencionadamente para provocar una respuesta en el receptor. Desde sus orígenes, ansía ser un reflejo fiel de la realidad, pero hay realidades que pueden verse desde distintos ángulos, a contraluz, sonoras, mudas o acompasadas. Incluso realidades que cambian de significado si aparecen antes o después, como pone de relevancia el montaje audiovisual.

Atendiendo a esta reflexión inicial, no podemos evitar preguntarnos cuánto hay de real en este arte y cuánto de intención de parecerlo. En algunos casos, es evidente la línea que separa lo alegórico de lo concreto o lo propagandístico de lo objetivo, pero en otros es más complicado y las fronteras no son reconocibles.
La definición del documental primitivamente implicaba: el carácter no ficticio del género, fines educativos, el análisis serio o la distribución alternativa. Sin embargo, en la actualidad, ha quedado fragmentado en diversas modalidades que lo hacen difícil, por no decir imposible, de clasificar. No en vano, ya en la época de Flaherty -uno de los pioneros del género-, se utilizaban recursos propios de la ficción como las reconstrucciones dramatizadas o la elección de escenarios para grabar.
Después de que los documentalistas se dieran cuenta de que no podían ser como “moscas en la pared”, la evolución lógica del género derivó en un modelo mucho más participativo: el interactivo, que permitía una implicación directa del realizador-creador y donde la entrevista fue el recurso más claro para distinguirlo de todo cuanto se había hecho hasta el momento.
Si se trata de delimitar las lindes entre documental y ficción y de poner de manifiesto la debilidad de las mismas, sólo tenemos que echar un vistazo a documentales como: Nadar (Carla Subirana, 2008), Los ojos de Ariana (Ricardo Macián, 2008) o Tren de sombras ( José Luis Guerín, 1997) por citar algunos ejemplos.
En el caso de Los ojos de Ariana, todos los actores  son personajes reales. Nueve trabajadores de Afghan Films, héroes por su empeño en mantener intacto el más importante archivo fílmico de Afganistán, durante los cinco años de represión de los talibanes en este país. El cine es protagonista absoluto de este hecho real, pero consigue sobrevivir gracias a la devoción que estas personas sienten por él. Este esfuerzo es el hilo conductor de una obra con un montaje ágil y dinámico, una banda sonora que alterna sonido directo con sincronizado de una manera magistral y premeditada y la elección de escenarios evocadores acompañados de una música muy sugerente.
Al ser un documental interactivo, Ricardo Macián- su director- podía haberse limitado a recoger los testimonios de los protagonistas alternando estas declaraciones con algunas imágenes descriptivas con planos panorámicos o de conjunto o quizás incluyendo alguna imagen de archivo. Después de su visionado, resulta obvio que el documental puede ser tan sugerente como la ficción, que puede tener la misma capacidad de emocionar o de sugestionar al espectador y que realmente, para alguien no iniciado en la materia, puede resultar bastante difícil de distinguir.
Desde el comienzo: Los ojos de Ariana, o lo que es lo mismo: Los ojos de la tierra de los nobles, nos hace partícipes de leyendas y dichos populares como el del dragón de las montañas de Ghaff y su preocupación constante por la comida que lo llevó a enfermar y morir de desdicha; justifica la tristeza de Mirwais- refugiado que se marcha con un puñado de arena de Afganistán plagada de historias inacabadas- y, emociona el amor que sienten por el cine quienes deciden ocultar las películas para que no acaben en una hoguera. 
La relación entre los recursos formales y la escasa distancia entre ficción y documental es innegable porque es precisamente el uso de estos recursos lo que hace que la realidad se vea de una manera nada convencional.

          Durante el período en que los radicales islamistas llegaron por la fuerza al poder, se prohibieron las fotografías, se quemaron miles de películas y sólo se filmó lo que ellos entendían que se debía reflejar. Las imágenes son el método más antiguo de transmisión de la cultura de un pueblo, si las quemamos, la realidad desaparece tras las ascuas. Dejan de existir. El cine, ya sea de ficción o no, es un instrumento de comunicación. Dicen las películas mucho de la época en la que se realizan y de los recursos que se tienen para llevarlas a cabo. Mientras haya películas y formas más complejas de hacerlas, más capacidad tendrá este arte de transmitir y de hacernos aprender.

“Ojalá el cine pueda salvarse a sí mismo”