Mi madre era preciosa. A veces, sacaba el brazo fuera del coche para evitar que el humo nos hiciera toser a mi hermana o a mí. Apuraba los cigarrillos, como si la misma imagen de ella fumando fuese una provocación, como si no estuviese bien que una mujer tuviera un vicio.
Desde Málaga a Jaén todos los veranos, sin excepción. Nadie lo entendía, ni siquiera la familia a la que íbamos a visitar en agosto. Cambiábamos mar por río y piscina, arena por césped y, terraza de playa, por patio de campo. Mi padre giraba nervioso la rueda del volumen de la radio. Mamá no paraba de preguntarle cosas. Siempre tuvo ganas de saber. Provenían de sitios distintos, de universos enfrentados. A ninguna de las dos familias les sobraba el dinero, pero sí abundaban en prejuicios. Mi padre no fue a la universidad pero estudió mucho más desde fuera de lo que hubiese hecho dentro. En el caso de ella, nunca llevó un libro en la mochila, sólo miedo. Mi hermana permanecía ausente. Recuerdo que sacudía sus pies, que no paraba de moverlos, que se sentaba encima de la palma de sus manos, que me miraba con desdén.
- -¿Qué tal vas, Mario? ¿Estás mareado?
- -No, mamá, sólo estaba pensando…
- -¡Deja tranquilo al niño! ¿No sabes que le gusta llamar la atención?
Cerca de Granada, no perdía ocasión de contemplar el recital de árboles centelleantes. Las hojas de los chopos parecían estar hechas de luz. El resto de ocupantes del vehículo no parecían emocionados. El paisaje disfrutaba exhibiéndose sólo para mí. Mis comentarios eran, según ellos, frases de niño avejentado. El silencio era cómodo entre los tuyos, pero yo me sentía tan de los árboles, tan de la luz derramada sobre ellos ¡Qué culpa podía tener yo! Tras la Vega, el desvío directo a Jaén, dos horas más de tedioso bamboleo. Me recuerdo en esa mañana del mes de agosto con once años. Las gafas empañadas, un ojo cerrado y una cara frágil, inocente. Ajeno a las pasiones del vivir pero con una educación sentimental precoz. No sólo somos personas de rostros únicos, también las almas son señeras. Si el paisaje no era amable y yo podía percibirlo hasta el punto de tener que gritarlo, no era mi culpa, ni siquiera de mis padres, ni de la madre ciencia; sólo cuestión de personalidad.
Me quedé dormido, agotado de fotografía, de historia y de belleza para despertar ante la puerta de la casa de campo de mis tíos. Mi padre vivió sus años de infancia entre la capital y esa casa, que sentía como suya. Su abuelo había sido un rico comerciante con negocios a ambos lados del Mediterráneo y que, tras la crisis con Marruecos y, ya en la decadencia de la España Colonial, encontró en esta tierra de secano, otro mar muy distinto, pero muy rentable: uno de olivos.
Salió a recibirnos el tío Manolo. Estaba ya mayor, llevaba unos pantaloncillos cortos y ceñidos y unas zapatillas de esparto. El pecho casi pelado y la piel color azafrán que disimulaba las arrugas. Era un hombre nervioso, con gusto por el orden. Un espíritu de Uno de esos mayores que se quedan anclados en su tiempo, y a los que aceptar cualquier cambio, les produce inseguridad. Nos saludó desde lejos y avisó a la tía Dolores de que ya habíamos llegado. La tía apartó la cortinilla de tiras de colores y, bajo el umbral de la puerta de la casa, nos sonreía, mientras se secaba con un paño de cocina las manos.
Siempre que he tomado una decisión, ha sido después de haberme buscado dentro de un recuerdo. Se han presentado en mi memoria con cierta calma, ralentizados, lo suficiente como para no pasar por alto el más mínimo detalle.
Fue un día muy familiar, los primos de mi padre se animaron a bajar para ver a los “boquerones de huerta” como nos llamaban. Hasta ahí todo normal, como siempre; una rutina hermosa, de las pocas que quedaban. No somos capaces de darnos cuenta de lo habituados que estamos a vivir situaciones idénticas hasta que no aparece el elemento discordante, una situación que altera el resultado por no tener precedentes. Caprichos de un destino al que estábamos aburriendo repitiendo liturgia.
Sonó el claxon, uno joven. Me levanté del columpio sobresaltado, como si supiera quién iba a llegar. Estaba nervioso. No esperaba a nadie más. Mi hermana, que se mecía junto a mí, me sonrió para después correr hacia mi padre y abrazarse a sus piernas. Desconcertado, asomé por el patio y miré en dirección a la puerta de la finca, entonces lo vi. Se pavoneaba entre mis parientes como una celebridad. Llevaba un pantalón negro de pinzas, una camisa ajustada de rayas azules y fondo blanco, gafas de sol de perilla y el pelo corto, rubio cobrizo. Descubrí una sonrisa más vieja que él en su cara. No sé por qué, pero me ruboricé y me hice el despistado. Mi madre estaba sentada en el césped sobre una toalla, mirándome desde lejos y a mí me resultaba insalvable la distancia entre los dos. Comencé a dar zancadas, aprovechándome de mi condición de niño. Pensaba que por ser un niño, nadie daría por hecho que también tenía que rendirle pleitesía al recién llegado. Antes de que pudiera darme cuenta, estaba en sus manos, volando. Recuerdo mis pies, a los que les crecieron alas. ¡Mis sandalias y mi inocencia volaron con ese abrazo!
- -¿Y este boquerón? ¿De qué charca se ha escapado?- preguntaba a los primos de mi padre.
- -Es el hijo de Aurelio - contestó Paquito.
- Pues iba a pasar por mi lado sin presentarse.- afirmó a la vez que me volvía a colocar en el suelo.
Respondí con una sonrisa y cientos de frases pensadas, puesto que no hablé. Dije demasiado con mi estupefacción, con el color de mi cara, con el no saber dónde ponerme porque en todos sitios molestaba.
- Pues yo soy el hermano de Pepa, la mujer de tu primo Juan. Me llamo Andrés.
La imagen de su mano extendida, ofreciéndose a que yo la tocara, es el último fotograma de mi infancia. A partir de ese momento, no pude volver a ser un niño. Mis caprichos llevarían implícitos un afeite de deseo. El ardor no me dejaría dormir en más de una noche y el apetito, hasta el momento, saciado por la vianda, emprendería un peregrinaje hacia lo desconocido, sabiendo que encontraría formas de hartarse.



4 escamas menos:
¡Cuántos recuerdos e imágenes reconocibles! Qué entrañable y qué doliente resulta hurgar en los momentos de transición, aquellos en los que enterrar la inocencia supone aceptar que el dolor de las pasiones y los anhelos es un fantasma que se queda, el eterno visitante... Un abrazo.
Qué bien contado tío, que hermoso. Me identifico con la imagen de la contemplación de la naturaleza, de las preguntas de mamá a papá, Este niño está siempre en las nubes. En mi caso esta estupefacción se producia en los bosques de Soria camino a un pueblito de La Rioja. Me han entrado ganas de contar ese peregrinaje familiar, de decírmelo para averiguar cuantos sentimientos en gérmen había en ese viaje eterno en el viejo R12 color plátano.
Y el final, la bofetada rotunda del deseo inevitable, bufff...
Lo he disfrutado, lo he sentido, me ha provocado esa melancolía amarga que escuece como una pupa de picadura de mosquito que uno no puede dejar de rascar hasta que brota la gota de sangre rojisima que uno lame con fruición como queriendo evitar que no pueda escapar nada de lo que hay dentro del cuerpo.
Un besazo tío, otra vez te lo digo, qué bien contado!
Pues sí, Melvin:
De vez en cuando hace falta visitar al pasado para que los fantasmas que crea acaben por desterrarte del presente. El final de la inocencia está tan cerca al final del recuerdo. Cómo seguía...llegó a terminar esa niñez?????
Gracias por tu comentario,
Bienvenido, Amador!
Gracias a ti también. Me alegro que te haya gustado y de haber generado en ti esas ganas de acordarte de tus viajes de niño. Pásate cuando quieras por esta pecera que más que agua, está llena de luz blanca desvanecida. El tiempo...a veces se tiene y otras, se cree tener. Es él quien tiene, nosotros nos dejamos suceder.
Un beso para ti también!
Arezbra
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