sábado 9 de julio de 2011

Noche de ronda

Noche de lluvia de estrellas, la de las lágrimas de San Lorenzo. Detrás de la piscina, bordeando el trampolín. Yo sobre él, de cara al cielo. Colocábamos las sillas formando un gran círculo. No recuerdo haber visto nunca unas noches más cerradas como las que vi en Jaén, porque allí la luna no tenía donde reflejarse. Paseaba entre olivos y tierra empedrada en lugar de balancearse entre olas coronadas de espuma y salpicadas de barcas, arropada entre redes y costumbre. Las estelas de las estrellas pintaban surcos en el cielo negro, en intentos desesperados de formar días. Breves, de menos de segundos, lo que duraban encendidas, ardiendo. Entre suicidio y suicidio, entre tanta muerte y ceniza celeste, mi tía aprovechaba para despellejar a todas las vecinas y  tratar temas escabrosos de la familia de los que normalmente no se hablaba. Mi padre la rebatía de forma previsible y así pasábamos el tiempo, unos discutiendo y otros escuchando.
Mi abuela paterna había muerto, hacía ya cinco años y, aunque siempre se suele hablar bien de los difuntos, Dolores Molinos acompañaba con un mohín cualquier anécdota referida a ella. Sospechaba que no se llevaban bien, que el término de cuñadas les venía como anillo al dedo.

Los ratos de silencio eran suspiros de la noche que se escuchaba más que a nosotros, que reprochaba más que nosotros y andaba desairada porque no le prestábamos atención con lo preciosa que aparecía. Cansada de ser escenario de lo velado y excusa para vomitar lo oscuro de dentro, por ser del mismo color del que ella vestía.
De todas las casas del borde de la carretera, la única que tenía las luces encendidas era la de los vecinos de la casa de al lado. Sonaba una extraña melodía enormemente evocadora, sólo acompañada del tintineo de una campanilla colgante.
No sé si con curiosidad se nace, o curioso te vuelves de tanto preguntarte cosas, pero yo quería saber quiénes eran los vecinos. Conocía los límites de algo inabarcable, que sólo podía esconder en mí, pese a estar desbocado y vivir en un permanente ir y venir de miradas entre los ojos de mi madre y los míos  con el beneplácito de mi hermana pequeña. Aproveché uno de los momentos en los que mi madre fue dentro de la casa abrazándose el cuerpo y la piel constreñida por el fresco, mi hermana se quedó dormida estando sentada en el regazo de mi padre, él que seguía en la cruzada por la honra de mi abuela y mi tía en su empeño de quedar por encima del bien y del mal. Bajé de la tabla cimbreante y, como un niño del pueblo de Hamelín, hipnotizado por los acordes endemoniados de un bardo, me colé por el hueco de la acequia y salí a la carretera. 

Los árboles hacían las veces de guardianes de los campos solos y, yo era el intruso en un universo negro con el único privilegio de caminar por una senda de dos carriles y un mismo sentido: desconcertante y desconcertado. Me acerqué a la entrada de la casa, en el porche de la entrada seguía sonando la campana. La música provenía de una caravana que tenía sólo una puerta abierta, la del conductor. Las ventanas de la casa estaban cerradas, dentro parecía haber gente. Se oían risas. Me empezó a faltar saliva en la garganta porque cada vez respiraba más deprisa y la lengua tenía que empujar al corazón a su sitio porque quería abandonarme y marcharse saliéndose del cuerpo, saltando desde la boca.Di la vuelta y comprobé que no había nadie fuera. Detrás había una entrada pequeña, un acceso al lavadero desde la cocina. Desde fuera podía ver con toda claridad la cabeza de dos hombres, apoyados contra el sofá. Las cabezas asomaban por encima de la barra de madera que separaba la cocina de lo que parecía una gran sala de estar. Sobre ella: varias latas de cerveza y dos o tres platos con restos de comida. Sólo el olor embriagaba. Tenía calor, el de estar haciendo lo que no debía o el de la proximidad a donde perteneces. En una esquina apareció otro hombre más mayor que ellos, con un bigote fino y muy alto. Yo me sobrecogí, empecé a llorar queriendo volver a ser niño, en un intento frustrado de atrapar la inocencia de la que había conseguido desprenderme. Me caí hacia atrás y repté hasta dar con la valla contra mi espalda. Vino hacia mí sin decir nada y me cogió en brazos, yo lo dejé. Entonces me llevó hasta la pequeña entrada y se puso a mirar conmigo. Me sostenía las manos por detrás para que no pudiese irme. Controlaba mi miedo y mis palabras, me dejó mudo la experiencia y la conversación callada se me hizo insoportable, pero placentera. Él olía a campo, mucho. Tenía las manos ásperas y varios cortes en su cara. Los ojos rasgados y los labios gruesos. Llevaba unas botas oscuras y con las puntas llenas de barro. Jersey y camisa de cuadros con el cuello metido por dentro. Vaqueros claros por el uso y el desgaste y el pelo rizado y espeso, mezclado con trozos de árbol y tierra, señales de subterfugio. Era un mirón como yo, pero más mayor. Me calló apretando sus labios con un gesto amenazador. Cuando de pronto, ocurrió. Sucedió lo que nunca había visto pero había imaginado tanto. En un primer momento giré la cara, quise irme, pero sólo fue un momento. Acompañé a mi compañero espía en sus subidas y bajadas de la barra para ver mejor la forma en que se besaban. Se tocaban con deseo y jugaban a dominar y ser dominados, a la par que la propia excitación y las cosquillas liberaban unas risotadas nerviosas que contagiaba el aire que respirábamos. Con tan poca luz, o nos acercábamos un poco más o no veríamos la escena real, tendríamos que conformarnos con la versión que compartiría la verdad con la imaginación y la fantasía. A mí me daba igual, me sentía saciado y quise irme. Para mi cómplice no fue bastante el espectáculo de besos y caricias, él deseó quedarse también una vez hubiera desaparecido la ropa y el recato. Tuve que hacer un auténtico esfuerzo por que no se me notara lo excitado que estaba. También mi alguacil parecía estar disfrutando. Vi su garganta encogida y espasmódica, entumecida de ganas de yacer con ellos, de aprisionar sus manos y no amarrar las mías. Se dio la vuelta y me miró, me liberó y escupió su aliento que había retenido durante tanto tiempo, todo lo que duró el show. Fue entonces cuando instintivamente le mordí los labios. Levanté su camisa, sacándola del pantalón y no pude parar de tocarle el pecho poblado de vello. No me sentía un niño, ni una mujer; era lo más parecido a ser un hombre que ansiaba tocar a otro hombre pero dejando a un lado como debía de tocarlo. Fuera de toda norma, como yo deseaba tocar y nunca se me había presentado la ocasión. 

Tuve que asustarlo porque se levantó y echó a correr sin mirarme, yo fui tras él con cara de niño, pero ya sin serlo. Intenté alcanzarlo acelerado como si el final de mi carrera fuera un precipicio, de esos por los que siempre te despeñas cuando necesitas despertarte de un sueño que rechazas. 
El hombre de bigotitos finos y manos de troll, con cabello de ángel retrepado en las ramas de los árboles y camisa de cuadros de leñador, se perdió entre el silencio y la noche y yo con él. Desanduve lo andado, traía mi experiencia entre las piernas, inflada del atracón de nervios. Me sentía la cara arder y en mis ojos el brillo de haber tenido una revelación. Ni más estrellas, ni sus estelas, ni cicatrices en el cielo, sólo lluvia violenta de vida, tormenta perfecta vetusta y despiadada. El agua no puede echarse para atrás.

2 escamas menos:

Melvin dijo...

Wauh! Es el mejor post que he leído en mucho tiempo, poeta mío... Me has transportado a la vivencia, sumergido en aguas de fantasía o realidad, qué más da si es algo verídico o tan sólo una creación o una mezcla de ambas... La cuestión es que he viajado, he estado allí espiándote a ti y al señor de bigote fino, deleitándome con la metamorfósis del niño que recibe al hombre interior sin esperarlo y el drama del hombre que vuelve a ser niño para no tener que vivir tan de prisa... Gracias.

Inma dijo...

De pronto, alguien decidió contravenir sus normas y leer, por su propia iniciativa, un blog que no era un blog cualquiera. Y, ¡bingo!, el clima, el ritmo de las palabras fueron capaces de acelerar su respiración. La visitante renuente se fue de aquella habitación de la casa con la respiración acelerada. La persona que había elegido las palabras que la habían impresionado escribía con el nervio de un hombre, con el talento cada vez más al descubierto... Aquello prometía. La visitante renuente se prometió volver a la busca y captura de nuevos destellos del autor de aquel blog.