A Inma, la poetisa:
Empezaba a clarear. El gris del despacho deseaba convertirse en blanco, descamarse como ella, como el mundo. Era el momento, ahora. Tuvo otros instantes de euforia peligrosa, de esa que ilusiona. Ella era única y el día también.
Cerró la puerta, pero no estaba ahí dentro, sino por toda la tarde. Inevitables las dudas, las preguntas, cuestionarse sin ser capaz de responder. De qué servía tanta culpa si inocente se sentía.
Él era un tipo serio, tal vez triste, pero en sus ojos había alegría escondida, machacada y presa de unos párpados que, tras abrirse y cerrarse, no sabían a dónde mirar, ni a quién pedir socorro.
Sospechaba que lo había descubierto. Desconocía que él ansiaba ser encontrado, reconocido, reflejado en un igual. Los caminos de la perdición son extensos y adictivos. Es más cómodo perderse, seguir andando sin rumbo.
Seguía nerviosa, callada, para qué hablar. Hacía mucho que no sentía y aprisionaba su lucidez, su empatía. La luz y la intuición regresaban henchidas de ardor.
Él caminaba hacia el coche pero con ganas de quedarse quieto, de no arrancar. Era una tarde de abril con un cielo de mayo. Los encuentros suceden cuando no pasas de largo, cuando te detienes y él quería pararse, lo necesitaba. Aun consciente de estar girando, del paso del tiempo, quiso eternizar el abrazo de sus manos sudorosas, de sus pies inquietos, de su mente delatora.
Quiso ser alumno, seguir aprendiendo tanto como pudiese. Comprendió que nunca es suficiente cuando se nace con esa manera de sentir, supo entonces que ella lo había visto. Tras él, estaba él. Ahí, en un coche que pronto se quedó solo. Volvió por donde vino y ella estaba esperándolo con una bolsa de arándanos y una sonrisa que guardaba sólo para él.
Ella lo vio acercarse y lo quiso como era porque sabía quién quería ser y no podía.
Conocían tanto de sí que asustaba, tanto de la Tierra que ésta se estremeció. Juntos aprendieron a ser libres en la amistad, a ser ellos sin cadenas y, sin nudos, no existen cuerdas que estrangulen.
Más en adelante o menos, qué importaba. Charlaron un buen rato y dejaron que sus cuerpos terminaran de reconocerse, sus otros “yo” vigilaban la prisión por si acaso llegaban intrusos. Qué celdas tan poco seguras, qué luz la de mayo, qué amarillo tan premonitorio. La bolsa de arándanos terminó por romperse y volaron por todo el campus hacia el futuro, cualquiera que fuese, qué importaba.
Ella lo llevó de la mano a través un verano para todos, menos para él, lo condujo ante un Dios que existía porque merecía la pena creer, le dio de comer y de beber, porque estaba sediento y desnutrido y le enseñó a esperar. A veces la única respuesta es el vacío.
No es más sabio el que más sabe sino el que mejor enseña y no es más listo el que aprende antes, sino el que sabe de quién aprender.
Él da las gracias todas las noches por tener la certeza de que queda gente que sabe ver sin ojos y responde valiente a la intuición que viene de dentro para ayudar al de fuera.
No cabe más que el ahora, vivir en un continuo presente, el resto es nostalgia y los poetas sólo la sienten cuando no son capaces de ver como están acostumbrados.Gracias...
Rodrigo Leao-Ruinas



4 escamas menos:
Los corazones que no guardan sus palabras ni sus silencios son tan raros como los cometas. Encontrar a uno es una suerte tan luminosa que podría resultar increíble, pero por la que sólo cabe dar gracias muchas veces. Quien da las gracias es más que un corazón: lo mejor del cielo y de la tierra acaban latiendo en el centro de su pecho.
Hola:
¡ que hermoso y tan certero texto!¡maravilloso! (aunque cualquier palabra que diga se queda corta) :)
Qué seríamos sin la gente que nos vamos encontrando o que nos encuentra!
Precios derroche de sentimientos. ¡Qué suerte, y qué envidia, tener a alguien que sea capaz de decirte esas cosas y de esa manera! Estas palabras son capaces de llenarte de satisfacción plena y de creer aún en el ser humano... no estamos sólos.
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