miércoles 7 de septiembre de 2011

La fiesta



La carretera estaba encendida. Parecía un cielo estrecho, con límites, manchado de alquitrán y pintura, cubierto de tierra sin rastro de polvo celeste. Todos dormían, todos. No podía cerrar los ojos . Mientras permanecían abiertos, el curso del mundo los abrumaba, pero al mirar para dentro y sentir tanto negro, era imposible privarlos de esperanza. Una obsesión de un verano enardecido en un sitio cálido de interior. Un niño rebelde después de haber parecido perfecto. Cuando se conoce ya no hay retorno. La experiencia sirve para endurecer nuestro semblante. Lo que eres dentro termina por comerse la carne y empaparte. Dos ventanas en el cuerpo y un reflejo del alma, pero cuando ya no queda alma, muestran lo que ha sobrevivido.

Di la vuelta a la casa y me asomé a todas las habitaciones. Mi madre estaba encogida, dormía con los brazos cruzados. Mi padre, detrás de ella, la abrazaba y manchaba la sábana de babas. De vez en cuando se movían, pero ella nunca se giraba. Quería su rato de sueños para ella, bastante compartía la realidad despierta. Siempre tuve la sensación de que fue más feliz sin abrir los ojos que con ellos abiertos de par en par, ante un mundo que no llegó a comprender. Mis tíos dormían separados por la tarde y de noche. Mi hermana aprisionaba la almohada con los pies y con los brazos el colchón.

Era sábado, día de subir a oír misa a Jaén. Yo tenía mi ropa preparada, me había machacado los dientes después de comer y me duchaba para quitarme el cloro, pensando que era la última vez que me bañaba en la piscina antes de irme.Inquieto, como la vez que lo vi llegar, cuando no era yo, sino uno anterior; el que me tocaba ser para después comprenderlo todo. Las horas posteriores se llenaron de actividad inútil. Es curioso que permitamos que el tiempo pase sin aprovecharnos de la ventaja que nos concede la muerte antes de ser inevitable. Mi madre se lavó la cara y se peinó, mi padre con un cubo de agua y  una esponja de goma lavó el coche. Los perros miraban, habían aprendido a hacerlo imitando a mi hermana porque de la misma forma  me vigilaban. La naturaleza aceleraba la llegada de lo oscuro.


Había comenzado a vestirme cuando mi tía Dolores se acercó y me dijo:
-         - ¿Vas a subirte con nosotros, Mario?
-          -Sí, tía. Me apetece salir un rato, además hace mucho que no voy a misa.
-          -Te lo pregunto porque a lo mejor no volvemos esta noche a dormir al campo.
-          -¿No?
-          -No. Mañana tenemos almuerzo con la familia de Pepa, es su cumpleaños y sus padres van a prepararle una sorpresa. Será en casa de Andrés ¿Te acuerdas de Andrés, verdad?

Tuve que hacer un gran esfuerzo por no gritar de alegría, por no salir corriendo sintiéndome poseído. Nada me apetecía más que ir, pero para quedarme con él organizando esa fiesta y todas en las que estuviese. Yo ya no importaba.
-        -  ¿Es su hermano, no?
-         - Sí. Exacto, estuvo aquí el día que llegasteis.
-(Nunca ha dejado de estar, tía)...creo que sí…
-          -Si quieres, te podemos llevar y dejarte con él para que le ayudes con los preparativos y después recogerte para venir a dormir a casa.

Qué sabrá el destino al decidir. ¿Puede desear y que sea para bien? ¿Se convertirá esto en una realidad, después de haber pedido tanto? Cuando pedimos quién nos escucha ¿Y si las plegarias no acabasen en silencio? Tan pequeño y tan experto en incertidumbres porque, aun teniendo claro que no debía de irme, lo que dejaba atrás ya no existía.

De cómo llegué al portal número dos de la C/ de los Doce Apóstoles no tengo recuerdos. Con el tiempo he aprendido a no llenar la memoria de trayectos intermedios, sólo grabarme las metas a fuego. Tercero B.
-         - ¿Repartidor de boquerones? ¡Anda, suba Ud.!
Por qué me trataba así. Por qué intentaba seducirme. Por qué pretendía gustarle a un chaval de catorce años. No sé si me atrajo más su ego que él mismo. Se sabía irresistible. Le divertía jugar, aunque hay partidas que duran lo que una juventud.

Subía las escaleras con cautela, cómo si no. Después de todo, sólo era un principiante en esto del trasgredir. Yo no paraba de infringir códigos que había pasado años memorizando.
La puerta estaba abierta y la música me dio la bienvenida. El ambiente estaba enrarecido. Había humo y aroma. No estaba acostumbrado a oler a deseo y había mucho entre esas paredes. La cocina a la entrada, pequeña, con platos de una semana en el lavadero. Él no estaba, aunque lo sentía cerca, abriendo y cerrando puertas del interior del piso. Había una corredera de cristales verdes y abultados que daba paso al salón. Todo era blanco y azul. Un azul  como el de las fachadas de las casas griegas, que conectaba conmigo, que me hacía sentir bien. Por fin una sensación cómoda, que despertaba calor, pero uno  frío, de esos nuevos deseados y no de los que sofocan.
Cuando giré la cabeza ahí estaba, con unos calzoncillos blancos de bordes rojos. Tenía los brazos cruzados. Se me presentaba tal cual, sonriendo.

-        -  Llegaste.
-         - Sí, espero que no te importe.
-          -¿Importarme? Para nada. De hecho me encanta que estés aquí.
-          -¿Ah, sí?
-          -Claro, hombre. Cuantos más seamos, más rápido iremos. Ahora vienen también unos amigos a echarme una mano.

De pronto, quise irme. No íbamos a estar solos. La verdad navega a medias entre lo que pensamos que va a ocurrir y lo que realmente sucede. No sabía el tiempo que quedaba, la cantidad exacta de veces que tendría ganas de hablar de él y de mí. Como si hubiese algo que contar a medias. Entonces volví a ser un niño, uno al que no le importaba que estuviese en ropa interior. Sólo alguien con ilusión por preparar una fiesta. Podía pasar de un estado a otro con suma facilidad, todavía sí. Él ordenaba y yo obedecía.

La puerta del ascensor se agitaba nerviosa, me engañaba. Tras uno de esos espasmos de metal sonaría el timbre y llegarían los invitados inoportunos, entonces no lo tendría para mí, me resignaría a compartirlo. Había silencios incómodos que llenaba con preguntas de infante curioso y respuestas inconclusas e incompletas, inesperadas. El tiempo que resbalaba en su cuerpo con el sudor. El mundo que giraba y detrás yo, pese a desear llegar antes.

2 escamas menos:

Yo soy Joss dijo...

emocionante!

Argax dijo...

Muy, muy bien descrito lo voluble de los estados emocionales, de lo deseos. Como me gustaría pasar de un estado a otro, se aun capaz de hacerlo sin esfuerzo como el protagonista del texto.