sábado 3 de diciembre de 2011

Del diario de un solo, uno de tantos



Ha pasado un mes, quizás un poco más. El tiempo no tiene culpa de que ese umbral sea el único soportable. No consigo aceptar que detrás de tanto haya tan poco. Otros me dejaron antes, a ellos no los recuerdo ahora. El tiempo partió llevándose a sí mismo. Tengo que aprender a vivir con el dolor, pero cómo, sólo deseo consumirlo antes de que me vuelva un adicto a la pena. Quiero vencerlo sin pelear porque he luchado para nada, para perder la esperanza. Deberíamos de nacer viejos y escépticos para tener un final digno de inocentes. Renegar del significado de la vida y de las cosas, darnos cuenta de que la existencia es la que es, somos nosotros los que cambiamos el orden y el sentido…


German35 se acababa de marchar y Tionormal28, esperaba sentado en el sofá un pensamiento libre. No me apetecía dar vueltas por la casa sin quedarme en ningún sitio, pero mis alas estaban tan abiertas que me pesaban los hombros. Acertar con esos encuentros era imposible. Renegaba de ellos y, sin embargo tenían fecha y hora semanalmente. Habíamos quedado en un centro comercial a las afueras, intercambiado un par de fotos de luz sospechosa y miradas impostadas. Llegar allí, vernos y escondernos de todos y nosotros. En una pose eterna incapaz de mantenerse cuando perdíamos la vergüenza, más fieles a nuestra naturaleza que nunca.
Diez minutos para las seis. Estaba citado con Gisela una hora más tarde. Hoy iría a verla en su estreno. Gisela era actriz, de ésas que son actrices incluso fuera del escenario, de las que nacieron para serlo. Tenía cincuenta y tantos, nunca conseguí hacerla confesar el año de su alumbramiento. Era mi gurú, pero uno al que escuchaba sólo cuando deseaba reconciliarme conmigo. Pertenecía a un grupo de teatro independiente, se llamaban: “Utopía”. En la compañía eran tres, contándola a ella, no podían permitirse tener a nadie más, con lo que no aspiraban a grandes tragedias griegas. Su especialidad eran los monólogos, de hecho eran grandes oradores, sobre todo ella. Irónica como pocos, tenía ese punto de desdén en su mirada, pequeña silueta esbelta, muñeca nerviosa de pómulos finos, pelo cano y aliento a nicotina. Cambiaba de color de pelo por meses, de gafas a lentillas, del blanco al negro, del recogido al suelto.
Ya en la calle, sentí el calor y me paré. El sol quemaba, tocaba las fibras de la ropa y la ropa, las de mi piel. Sudor cálido en mi desnudo. No soportaba el silencio del piso. Antes de bajar, había abierto las ventanas de par en par para que el viento zarandease los marcos de las fotos. Quería que se agitasen los cristales que hubiese ruido, uno además del mío. Lo peor era que yo no me movía, ni mi vida tampoco. Sólo pasaban los minutos, sólo se movía el sol para esconderse entre la moles de hormigón agujereado.
Cogí con fuerza el pomo de la puerta  y dejé atrás mi soledad para juntarla con la  de los extraños. Había mucha gente, era sábado. Cientos de parejas, ilusos, ignoraban que nada era para siempre, que la euforia se evapora entre el calor de los cuerpos.
Me gustaba caminar hasta el café donde solíamos quedar Gisela y yo. Vivía en pleno centro de la urbe como un bohemio encerrado entre murallas invisibles que celaban lo más antiguo de la Historia. Los transeúntes, habitantes del asfalto, me miraban como si me conociesen, como si intuyeran una desgracia y estuviesen preocupados por mí. Después de todo, yo me sentía como un huérfano en ese mar de cemento plano con adoquines y ellos eran mis únicos familiares. Miradas de reojo, alguna de frente, pero pocas, pasos adelante, manos en los bolsillos, sonrisas o indiferencia. El andar es un arte, el arte de los solos.
Por fin llegué. Gisela permanecía inmóvil mirando al frente, con un bolso marrón y enorme colgado del brazo izquierdo. El pitillo eterno en la boca. No la miraban ni ella tampoco.
-          -¡Tan puntual como siempre, guapísimo!- exclamó, mientras me abrazaba.
-         -Bueno, ya sabes que no me gusta hacerte esperar.
-          -A ti te lo perdono todo… ¿Cómo estás, cariño?
-          -Bien, pero no tanto como tú.- Nunca sabía responder a preguntas sencillas.
-        -Pues yo llevo todo el día repasando el texto de esta noche. Si lo hago tal cual lo he ensayado debe durar treinta minutos más o menos. Es larguísimo. La verdad es que Juan se ha esmerado. Es precioso.
-          -¿De qué trata esta vez?
-          -¿Cómo se te ocurre preguntarme tal cosa? No te pienso decir nada. Eres capaz de no venir si no te convence.

No hizo falta pedir, Mauro, el camarero ya nos había servido un café para mí y una infusión para ella. Fue vernos entrar y se remangó  para que su bíceps hiciera acto de presencia. Se desabrochó dos botones de la camisa rayada de cuello blanco y nos sonrió. Mauro era “de la cofradía”, como yo solía llamar a los homosexuales. Muchos venían a aquel café. “Los bichos siempre salen de algún agujero”, decía Gise.

Por la puerta asomaron dos chicas. Yo no pude evitar fijarme en una de ellas.
Tenía el pelo rizado, mucho, una sonrisa preciosa y permanente. Unos dientes grandes, empeñados en ser blancos.
Gisela seguía hablando, de fondo, tras mis impresiones. Qué guapa era esa chica. Tan alta, tan perfecta. Mauro correteaba de aquí para allá, pasando el trapo húmedo encima de las mesas de metal. Se acercó a la pareja de amigas y les sirvió unos refrescos. El humo de los cigarrillos de mi compañera de confidencias difuminaba la postal. Se habían sentado cerca del cristal que daba a la calle. Qué manos tan bonitas, tan finas. Me miraba de reojo, como Mauro.
Salimos de aquel sitio de encuentros y quedadas de chat y me despedí de Gisela. Abandonamos el local a la vez los cuatro. Claudia- que así se llamaba- su amiga, Gisela y yo. No había reparado en que Claudia cojeaba. Fui tras ella impulsado por algo distinto a la atracción, muy parecido a la necesidad. Renqueante caminaba con prisa, mirando atrás. Sabía que la seguía y, aunque parecía incómoda, no me lo prohibió. Hubo un momento en el que se detuvo, cuando la alcancé, los dos reanudamos la marcha. Sin mirarnos, comprendiendo que ese encuentro no era casual, que debíamos cruzarnos. Existíamos, nos conocíamos de algo para empezar a hacerlo en todo. Internarnos en lo desconocido, ansiosos. La chica se presentó cuando llevábamos más de media hora juntos. Callada, se sonrojó al darme dos besos. Yo oí desde dentro mi nombre, mientras tuve la sensación, por un instante de verme a través de sus ojos. Nos cogimos de la mano y me sentí normal, como otros de la calle, como esas parejas a las que había visto antes al salir de casa. Me dijo que era peluquera que no tenía hermanos, que su madre había muerto cuando ella nació, que su padre era muy duro, que no tenía novio y que yo era muy guapo. Me advirtió que nunca antes le había sucedido nada parecido y tras esto,  desapareció, pero habiéndome dejado sus señas. Me pidió que volviese a buscarla. Me rogó un segundo encuentro, me besó los labios y los acarició con su lengua. 
Echaba raíces en un banco de un parque cercano, obligándome a tener ganas de ir esa noche a ver a Gisela en su monólogo de incógnitas.




3 escamas menos:

LaNiñaMariposa / JemapelleMidori dijo...

Cuanto tiempo!

:D

Melvin dijo...

Los hilos del tiempo nos conducen sin saberlo al encuentro de una casualidad. Besote

Inma dijo...

El sueño de las palabras es capaz de crear personajes de carne y de sangre que alientan. Si las palabras son uno de tus mejores sueños, está claro que tus dotes de mago, de dios creador, están empezando a relucir con cada vez más fuerza. Me gustaría que Andrés, Claudia y Gisela llegaran a encontrar el camino que les has marcado.