El coche de Fran llegó poco después que el de las niñas. No era gran cosa, pero “la nave” como llamábamos al Renault 19 color plata con el que aprendimos a conducir todos por las calles de Ciudad Jardín- nuestro barrio-, cargaba con nosotros desde aquel bendito veinticinco de marzo en el que Fran aprobó el carné. Ataviados con camisetas de tirantes negras, las manos por fuera de los cristales aguantando nuestros primeros cigarrillos, gafas de sol curvadas y gomina para ir a la piscina. Salimos con la toalla en un solo hombro y chanclas de colores de una firma que hizo su agosto en el mes de julio. Estío de adolescente canijo con maneras de hombre. Los dos Rubenes: El Pirulo y El Esponja, Pancho, Fran y yo.
- ¿A por quién vas a ir, Fran?- se adelantó el Pirulo, mientras se subía el bañador.
- ¿A ti quién te gusta, Rubén?- le contestó Fran sin mirarlo y ya en su papel de líder a la vez que sostenía la verja de acceso para que entráramos nosotros primero.
- Me gusta la Rosa, tío, pero está flipada por ti.
- No veas cómo es el Pirulo, ve unas tetas gordas y se vuelve loco. Tranquilo, no te preocupes que yo estaré pendiente de la Mariola la del puesto de flores del mercado.
- ¿La gitana?
- No es gitana, hombre. Creo que su madre, pero el padre es payo.
Pancho afinaba la guitarra de sólo cuatro cuerdas y llena de cromos de jugadores del Madrid. Era el gordo de la pandilla. Como él decía: “A mí todas me quieren para hablar, pero ninguna me deja tocarla después”
Mario, calzado con zapatillas malvas de esparto, quien se peinaba para un solo lado y levantaba el flequillo de forma discreta, el que iba a misa los fines de semana con sus tíos y se ponía nervioso, preguntándose a quién dar la paz llegado el momento, el empollón de notas previsibles al que nunca convencían sus exámenes. Ese Mario, ahora segundo al mando de la cuadrilla, bajo la supervisión del rey de la manada. Uno que se ríe si hay que reírse y que mira, si lo que se deja ver merece un vistazo, seguido de un roce estrecho de labios. Una luz más blanca que la de invierno, un blanco estival. Un color que tostaba nuestros cuerpos sin protección, enloquecidos de juventud y para quien alguien desde el Cielo había planeado los tres mejores meses del año. Vacaciones en la costa, chavales del sur, graciosos y atléticos con ganas de fantasear con un futuro incierto que se adelanta sin remedio. Corto podía resultar el verano y no había hecho más que empezar, larga espera la del joven con ansias por crecer.
- ¿Y tú, Mario?- quiso saber Pancho.
- Yo qué.
- Tú tienes loquita a la Reme-. Escuché decir resignado al Esponja.
- Cállate, esponjita. Si nada más que te tires al agua y todas vean cómo dejas vacía la piscina con tus pelos de negro, van a quedarse locas. Te las vamos a tener que quitar de encima.- Le respondí dándole con mi codo a Fran.
- ¡Me voy a acordar de toda tu familia eh, chavalote!
- No te metas con él, si hoy se ha traído el gorro, ¿verdad, Esponja?- y todos carcajeamos tras el sonido de ventosa que sólo Fran sabía hacer.
Alto, pálido, con unos ojos grandes y azules en mitad de un rostro devorado por las pecas. Fue mi mejor amigo durante la época del instituto. Conmigo se comportaba de manera distinta, pero sólo cuando no estaba el resto. A mí me concedía el privilegio de hacerme confidencias. Acabé por saber detalles de los escarceos de la madre del Pirulo, que según todos era una MQMF (Madre que me follaría), las deudas de los padres de Pancho o los maltratos físicos a los que había estado sometido el Esponja. “Contigo puedo hablar, Mario. Tú eres como yo, alguien que saldrá de este barrio de mierda…”
A decir verdad, también él, bajo su pose autosuficiente y, en ocasiones, mandona, me despertaba confianza. Era la persona perfecta para darme seguridad.
Las niñas estaban al lado de los vestuarios: Reme, Rosa, Pili y Rocío. Las cuatro sacadas de la misma tienda hortera de complementos. Como en todos los grupos, por supuesto alguna con más pecho que otra: Rosa; la más guapa: Reme; un honor más distraído: Rocío y la más modosita: Pili. Ésta última parecía estar especialmente preocupada por perder su fama de estrecha que todo el barrio conocía y estaba dispuesta a hacerlo a cualquier precio, incluso enrollándose con Pancho.
Tumbado boca abajo, con los cascos puestos y más en Jaén que aquí, me preguntaba qué estaría haciendo Andrés. Quizás hubiera bajado al campo con ganas de verme, a lo mejor también se había acordado de mí o puede que se encontrara viajando con algún grupo de turistas cerca de nosotros. Me incorporé, lo busqué entre la muchedumbre, entre los bañadores de flores y los de flecos colgantes hechos de piel humana decrépita. Quise toparme con su cara mojada inventando nuevas formas de caerse al agua mientras tentaba a la suerte en el borde de la piscina.
- ¿Qué haces, Mario? ¡Ven con nosotros!- insistía el Pirulo por cuarta vez en sólo diez minutos.
Reme me miraba en la distancia, como sólo es capaz de mirar una niña sin vergüenza, en un forzado coqueteo, a punto de cansarse y fijar un nuevo objetivo. A lo mejor uno más considerado. Fran se acercó con Mariola- la gitana- dentro de su toalla, con el brazo por encima. Se sentaron junto a mí. Yo seguía mirando al frente con mucho calor y ganas de estar solo. Ese verano me quedé y ellos se fueron, se fueron sin mí.
- ¿No piensas acercarte a la Reme? ¿qué te pasa? Estás amariconado, tío.- me espetó delante de Mariola que corrió a la toalla de Reme y comenzó a hablarle al oído.
- Fran, ya sabes que a mí no me va esto.
- Te va hasta que aparecen las niñas, socio. Es verlas y cagarte de miedo. Te quedas sin saber qué hacer, como bloqueado. ¿Tú sabes lo ricas que están, Dios mío? ¡Hasta el Pancho se ha comido algo!
- A mí me interesan otras cosas. No sé, lo siento, de verdad.
- No tienes que sentir nada, hombre. Peor para ti, pero la gente habla.
- ¿Ah sí? ¿y qué dicen?
- Hoy eres tú el tema de conversación, mañana seguirán poniendo verde a la madre del Pirulo. No es importante lo que dicen, amigo.Reacciona, disfruta. La niña más guapa te está vacilando y tú no eres capaz de aguantarle la mirada. Ve allí, Mario. Déjala que te lleve donde quiera, déjate hacer. Verás como luego me das la razón. Siempre lo haces.
- ¿Esto no tendrá que ver con lo que me contaste del verano pasado ,no? Ya quedamos en que fue una paranoia. Tú no eres así, coño. Eso se nota. Se nota desde que eres chico.
Me levanté. De nuevo vinieron a decirme cómo actuar tras esos ratos de silencio conmigo. Tras oírme alto y claro y sin embargo obviarme, olvidar la realidad. Cuando Reme terminó de limpiarse la boca, me dio un beso en la mía. Todavía tenía los labios calientes y enrojecidos por la fricción. Estaba desorientado, cegado por el blanco del techo celeste exultante manchando las hojas más verdes de las palmeras. Me quedé sentado con mi espalda apoyada en el frío hormigón de la caseta de vestuarios, con la sombra de la silueta de mi pene entre las piernas y algunos cabellos castaños y largos entre mis dedos sudorosos. Ese verano me quedé y ellos se fueron, se fueron sin mí.


2 escamas menos:
Las insoportables tardes, de sol implacable, en las que digerir un conflicto vital sólo acrecentaba las ganas de no estar, de no respirar, de sumergirse en la profundidad turquesa de la piscina del pueblo. Un saludo.
Muy bueno el relato en general, pero esté trocito me ha gustado especialmente...
"Uno que se ríe si hay que reírse y que mira, si lo que se deja ver merece un vistazo, seguido de un roce estrecho de labios. Una luz más blanca que la de invierno, un blanco estival. Un color que tostaba nuestros cuerpos sin protección, enloquecidos de juventud y para quien alguien desde el Cielo había planeado los tres mejores meses del año. Vacaciones en la costa, chavales del sur, graciosos y atléticos con ganas de fantasear con un futuro incierto que se adelanta sin remedio. Corto podía resultar el verano y no había hecho más que empezar, larga espera la del joven con ansias por crecer".
Siempre suelo citarte párrafos de lo que escribes porque en el general bien hacer hay destellos de monstruo.
Y además últimamente estás escribiendo más, a ver si se me pega algo. Un beso.
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